Abraham:
Fe y Razón


una introducción
una propuesta
un ejemplo
una conclusión


Una Introducción

Hay dos palabritas que son muy usadas, y como suele ocurrir con todas las palabras muy usadas, también muy abusadas. Estoy pensando en la palabra fe y la palabra razón. Si bien mi conocimiento no es lo suficientemente profundo como para dar cuenta de todas las definiciones que se han podido dar de uno y otro concepto, las he visto ser usadas lo suficiente como para estar seguro de que no hay una definición única. No es que yo crea que las palabras no se refieran a ciertas porciones de la realidad, es simplemente que las palabras, como cualquier otro instrumento (en este caso de conocimiento, y comunicación) tienden a ser usadas por cada cual como le parece mejor. En este ensayo quiero entregar algunas pistas a propósito de los dos conceptos, y sobre su relación.

Cuando hablamos de razón, la mayoría de nosotros no maneja una idea mucho más rebuscada que la siguiente: Se trata de esa facultad que tenemos de pensar las cosas para encontrarles el sentido. La usamos como sinónimo de entendimiento, la facultad que en virtud de la cual entendemos las cosas. La razón es la capacidad de procesar la información de la que disponemos. Por razonar entendemos el ejercicio de encontrar razones a las cosas, donde se trata de explicarlas. Para este trabajo esta definición, aunque somera, basta.

En lo que respecta a la fe, el uso corriente de la palabra es como sinónimo de confianza o convicción. Tenemos fe que tal o cual cosa va a funcionar, tenemos fe en nuestras capacidades etc. cuando decimos la fe cristiana la usamos como sinónimo de creencia. Sin embargo no hablaríamos de fe científica. Porque lo sentimos como una contradicción, a pesar de que cualquier filósofo de la ciencia estaría de acuerdo para decir que la ciencia es un conjunto de creencias en primer lugar. La palabra fe a pesar de todo sigue teniendo un vínculo privilegiado con lo religioso.


Una Propuesta

Siendo yo cristiano, me interesa particularmente una definición de fe acorde a las Escrituras, y la verdad es que la definición más explícita que podemos encontrar en ellas no traiciona el uso común. Esta definición la encontramos en (Heb 11 : 1) Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve . Está demás decir que el autor de la epístola (como todos sus colegas) lo ven como una calidad. En el versículo siguiente leemos: Por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. El contexto deja claro que el buen testimonio se trata en primer lugar de la aprobación de Dios pero no está separado de nuestro propio buen testimonio, pues, si bien para cualquier creyente es evidente que si algo tiene la aprobación de Dios es bueno (lo entienda el creyente perfectamente o no) es cierto también que cualquier persona inteligente puede darse cuenta que está todo el tiempo usando esta clase de fe. Pocos de nosotros nunca a visto la Opera de Sidney más que en una pantalla de televisión y se me ocurre que deben ser pocos los que no creen en la existencia real de esa construcción, por lejana que se encuentre y por extraña que sea su arquitectura… Y eso que es la misma televisión que nos muestra un Luke Skywalker peleando con una espada láser en cruceros intergalacticos del tamaño del Congreso Nacional. Esta fe simple como la que nos presenta el autor de la epístola a los hebreos, es en realidad parte integrante del funcionamiento del ser humano. Cuando introduzco las llaves en la cerradura de la puerta de mi casa, estoy efectuando esta acción sobre la base de la confianza de que un evento futuro que aún no he podido ver va a ocurrir: Se va a abrir la puerta y voy a poder entrar a mi casa. Cuando toco el interruptor en la pared, lo hago confiando de que la ampolleta se va a prender. Claro, esta confianza no es absoluta... bien sabemos que pueden haber cortes de electricidad, o que en la oscuridad uno se puede haber equivocado de llaves... sin embargo a pesar del carácter aproximativo de nuestra confianza, el hecho de que uno introduzca la llave en la cerradura, o presione el botón de la pared,  demuestra el simple hecho de nuestra convicción de algo que no se ve, dicho de otro modo demuestra que uno está teniendo fe. Podría pensarse que la fe de la religión debería ser distinta. tal vez lo sea para muchos, pero ya veremos que la fe como la presenta la Biblia no lo es.

Si nos apegamos a este concepto simple y lo pensamos un poco, ninguna de nuestras acciones dignas de ser llamadas racionales logran escaparsele. Cuando hacemos algo teniendo buenas razones para hacerlo, lo hacemos con una cierta confianza de que los efectos van a ser unos y no otros, partiendo de ciertos antecedentes que bastan para fundamentar tal creencia. Si pensamos por ejemplo en las razones que nos llevan a abrir una puerta con una llave, vemos que tenemos esos antecedentes de otras puertas que se han abierto, que nos permiten confiar con razón en que esta también se abrirá. Ahí ya se perfila la concepción de fe a la que apunto: Es una confianza en la realidad de algo que no se ha visto, pero que no tiene porque ser estúpida, con el corolario no menos importante que lo que no es estúpido pasa necesariamente por el hecho de tener fe, puesto que lo que hacemos con un mínimo de pre-visión supone una confianza en algo que todavía no se ve. En el mismo orden de ideas, la facultad de creer en la existencia de cosas que no son accesibles de forma inmediata a mis sentidos es condición insoslayable para conocer. Basta con pensar en lo poco que sabríamos del mundo de no confiar en la correspondencia entre los datos entregados por los diversos instrumentos que los científicos usan para prolongar los sentidos, o lo poco que sabríamos de no confiar en la correspondencia aunque sea aproximativa de los lenguajes de la ciencia con el mundo que describen: ¿Quien a visto jamás un átomo o un rayo ultravioleta? Se puede añadir a la lista de estas importantes actividades humanas que requieren de la fe del tipo de la del autor de la epístola a los hebreos, aquella que consiste en comunicar. La facultad de estar convencido de la existencia de algo que no veo es central en el acto de comunicar: No solamente muchas veces no tenemos bajo la mirada aquello de lo que estamos hablando (podemos hablar del sol durante la noche, y de hondas de radio que nunca jamás podremos ver), pero además nunca tenemos frente a nuestros ojos a las personas con las que comunicamos. Cuando ustedes leen esto y pueden hacerse una idea de lo que tengo en mente solo a partir de estas huellas sobre el papel, es algo evidente. Pero cuando tenemos en frente a un ser humano “en vivo y en directo”, a pesar de no parecer tan evidente, es exactamente lo mismo. Teníamos un papel, ahora tenemos un cuerpo. Basta con constatar que podemos engañar y ser engañados para caer en la cuenta que, no vemos a la personas en si, no vemos el pensamiento, la voluntad que se mueve detrás de ese cuerpo o ese papel que si podemos ver.

Si han tenido la paciencia de leer hasta aquí, hay unas cuantas posibilidades de que estén sorprendidos por todo lo que estoy diciendo, y es que en nuestra sociedad no se acostumbra a concebir la fe y razón poniendolos tan al lado uno del otro. Lo común es de poner en oposición ambos conceptos. La fe se trataría de creer contra toda razón, y la razón sería pensar sin apelar a la fe. El año pasado, en un examen en donde se discutió un trabajo que había hecho durante el semestre a propósito del profeta Isaias en donde yo planteaba el hecho de que se podía abordar el tema ya sea desde una perspectiva que deja la posibilidad abierta a la existencia de lo sobrenatural o bien desde una perspectiva que la niega categóricamente. Decía que para abordar pertinentemente un estudio del libro sería inteligente poner en paralelo los dos tipos de análisis y ver cual entregaría la explicación más coherente del libro. Uno de los profesores me preguntó antes de que saliera de la sala: “¿Tu eres Cristiano?” me dio gusto de que se notara, y le dije que si. El me preguntó entonces, refiriéndose a mi trabajo, algo así como:  “¿No te parece que eso es solo un problema de fe?” queriendo decir: “¿Acaso importa que trates de analizar que perspectiva es la más adecuada, si se trata de un problema de fe?” respondí que seguramente no darle importancia sería lo más fácil. Lo que no alcancé a decirle es lo chueca que es esa idea. En primer lugar por lo que ya dije: Si no se puede pensar racionalmente sin fe, resulta evidente que descartar una problemática porque tiene que ver con la fe es como descartar una problemática porque significa pensarlo más de una vez. Evidentemente no es lo que estaba pensando aquel profesor, no porque sea tonto pero porque echó mano del concepto erróneo que se maneja en general. Ahí donde tal vez podría haberse dado cuenta con mayor facilidad de lo absurdo de esa proposición es en el simple hecho de que estaba afirmando que, en materia de creencias, no se debería o no se podría apelar a la razón. Es decir, que sería algo impertinente apelar a la razón en el momento de formarnos una imagen del mundo, y de todas las cosas. Conclusión curiosa para un científico, que tiene que partir de la suposición básica que hay un mundo que puede descubrir por la razón. Más curiosa aún resulta esta conclusión si pensamos que los mismos que se rehúsan con asco de discutir materias de fe son los primeros en discutir nimiedades como saber si Aníbal atacó a los romanos representando el gobierno Cartaginés o no.  Extrañamente ahí si que valdría la pena de que todos aplicaran toda las energías de su razón para llegar a una conclusión fundamentada, una conclusión lo más pertinente posible... sin embargo cuando se trata de saber si Dios habla realmente a la humanidad, si el mundo y nosotros tenemos algún sentido, ahí la razón debería ser puesta de lado y se trataría de creer estúpidamente una cosa u otra. Resulta que aquellas convicciones que van a determinar completamente nuestra visión de mundo deberían ser necesariamente irracionales, mientras que esas otras que no van a cambiar nunca nada a mi vida, como es la intención de Aníbal al atacar los romanos, sería el objeto legítimo de una buena monografía.

Podría multiplicar los ejemplos de gente con las que he hablado que tienen esta misma idea, realmente llega a ser bastante impresionante . ¿Quienes son los culpables de tan amplio cultivo de este error? Gran parte de la sociedad, pues basta actuar haciendo como si estos temas no importaran para que las generaciones siguientes aprendan la lección. Los profesores son más explícitos, y me consta que los profesores de física y de castellano (así como los de historia) comunican quizás tantas creencias filosóficas como cualquier profesor de filosofía. Entre estos últimos no me he topado con ninguno (conozco a 3, uno de los cuales imparte un ramo general en nuestra universidad) que no hable de la fe sin mencionar a Kirkegaard, y a Abraham.


Un Ejemplo

No he visto nunca un solo ejemplo en la Biblia de una persona que cree, que confía en la realidad de algo que no puede ver, sin tener buenas razones de confiar, mucho menos Abraham. Sin embargo Kirkegaard es conocido por haber utilizado al patriarca, que aceptó sacrificar su hijo cuando Dios se lo pidió, para argumentar que la fe se trata de una locura... Esa fe de locos queda sintetizada en la famosa expresión kirkegaardiana, el salto de fe. Mi razón me dice que voy a perder a mi hijo si lo degüello, por lo tanto llevarlo al monte con la intención de sacrificarlo es dar salto en lo absurdo, lo gratuito, es pasar del plano de lo racional hacia el dominio de lo irracional. Sin embargo si volvemos a leer la historia que precede Génesis capitulo 22 (que es donde es relatada la famosa escena del sacrificio de Isaac), nos podemos dar cuenta muy claramente de que Abram estaba lejos de ser una persona irracional, y que su acción si creemos en lo que dice el texto, está muy lejos de ser irracional también.

En primer lugar hay que recordar que Dios le había hablado, lo que no deja de ser bastante singular. Claro, hay tanta gente que dice que Dios le habla que se puede llegar a pensar legítimamente que este es un iluminado más que se imagina cosas. Pero si no tomamos en serio esa parte de la historia, la historia simplemente ya no sirve ni siquiera de mal ejemplo para un mal profesor de filosofía. Pero admitiendo (aunque sea para poder seguir usando el ejemplo) que Dios realmente le habló (Gen 12) solamente por el simple hecho de que este ser le hable, Abram ya tiene buenas razones de pensar de que hay alguien ahí.

Unos versículos más adelante, Abram pasa por un momento difícil: hay una hambruna, y piensa que tiene que arreglárselas como puede el solo (exactamente como lo haríamos nosotros). Decide pues ir a Egipto con todas sus carpas y gentes esperando procurarse alimentos. Cuando se va acercando el texto muestra claramente como trata de calcular sus posibilidades de recibir pertrechos de parte los egipcios. Como el patriarca tenía una esposa muy bonita según parece, prefirió mentir y decir que era su hermana, de manera que si los egipcios se la quisieran llevar, en último término lo harían sin matarlo a él. Al parecer el cálculo estuvo acertado, porque lo primero que hicieron los egipcios es notar a la linda Sarai  y llevársela a Faraón. Abram no dijo nada. Estaba bien resuelto en salvar su pellejo. Y es en esta situación que Dios, ese que ya le había hablado, actúa en su favor. Empieza a enviar algunas calamidades al pobre Faraón que al final se da cuenta de que algo anda mal... la mujer bonita estaba casada... El soberano egipcio va a ver a Abram diciéndole algo así como : “Oye, ¡Gracias por decirme que era tu esposa! por tu culpa estoy maldito por una divinidad que al parecer tiene bastante poder… Así que, hazme el favor de llevarte a tu esposa y todo lo que necesites, pero por favor vete”. Ya a estas alturas del relato no solamente Faraón había comprendido que Abram no estaba solo, pero más encima el propio patriarca, aún cuando se portó como el peor de los cobardes vio que el Dios que le había hablado lo cuidaba independientemente de la confianza que depositaba en él. Además no solo él había constatado la existencia real de aquel ser, sino que también un perfecto extraño como Faraón. Si una mañana uno llega al instituto y ve todo vacío con un cartelito del centro de alumnos que dice que se suspenden las clases por tal o cual razón, ya podemos pensar que es cierto, pero si más encima pasa el jefe de docencia y confirma el dato, ya habría que ser irracionalmente escéptico para no tomarlo en serio.

Mas adelante Abram tiene que enfrentar otras situaciones complicadas, tiene que organizar una operación de rescate para salvar a un familiar, empresa en la que de hecho tiene éxito. Logra salvar a todo el mundo, le ofrecen regalos por todos lados como en la mejor película. Incluso no se olvida del que le había hablado, puesto que lo vemos honrar a un rey, un tal Melquisedec, que lo bendice en nombre del Altísimo. Sin embargo inmediatamente después, cuando Dios se le aparece (Gen 15) y le dice : “¿Vez? Soy yo el que te protege, y tu recompensa será más tremenda todavía” Ahí de nuevo el texto deja ver que Abram aún no tiene mucha confianza,  porque lo vemos responder algo así como “¿A sí? Lindas tus recompensas... tengo éxito, tengo también plata p'al mundo... ¿Pero de que me sirve todo esto si no tengo heredero y es un completo extraño que termina llevándoselo todo al día de mi muerte?” Nótese que Dios ni se inmutó... a pesar de haberle dicho anteriormente (Gen 13:15) que le iba a entregar una posteridad numerosa, no se enojó. No le dijo: “oye impertinente ¿no encuentras que deberías tener un poquito más de respeto con el Dios Todopoderoso Creador del universo? Ahora porque no me creíste, porque no tuviste fe, mejor me voy a revelar a otro tipo mas digno que tú. De hecho, creo que voy a ver a mi amigo Faraón: Ese si que es un tipo correcto. En vez de andar regalando esposas por incrédulo, apenas vio que Yo era real hizo lo que tenía que hacer.” pero no.  Dios no dijo nada de eso, simplemente lo sacó fuera de su carpa, en medio de una noche estrellada preciosa, de esas que solo se pueden ver en el desierto y le dijo que su posteridad sería tan numerosa como las lucecitas que podía ver en el cielo. Ahí cuando Abram tiene ese tremendo espectáculo delante de los ojos, la profundidad del universo con esa multitud de estrellas hechas por ese mismo Yaweh que le estaba hablando, entiende que en realidad si ese gran Dios decidía darle una posteridad numerosa, sin duda de que no tendría problemas en cumplir con lo que decía.

Abram sin embargo es un hombre, Yaweh le está hablando en lenguaje de hombre y Abram le pide un acuerdo... de hombre a hombre, se puede decir. Dios tampoco se sintió insultado por la voluntad de Abram de sellar un pacto de una forma tan humana. El ritual de partir animales era algo usual en la época. Los que hacían este tipo de pacto cortaban algún animal por la mitad (a lo largo) y luego se paseaban los dos entre las dos mitades sanguinolentas, queriendo significar que el que no cumpliría con el acuerdo terminaría como ese mismo animalito. En este caso Abram no fue él quien hizo la alianza, sino Dios. Yaweh se presentó como un fuego tremendo, pasó el sólo por medio de los animales, y los carbonizó de tal forma que dejó perfectamente claro que estaba haciendo un pacto unilateral, en que El mismo se hacía responsable frente a Abram del cumplimiento de la promesa.

Pasó el tiempo... mucho años… y no pasaba nada. Abram empezó a dudar de nuevo, y su esposa que no tenía más fe que él le propuso un “arreglín” con su sirvienta para procurarse un heredero antes de que fuera demasiado viejo para ya no poder engendrar un hijo ni con ella ni con nadie. Abram le hizo caso, se unió con una mujer que no era su esposa tuvo un hijo, y muchísimos problemas. La situación en la familia era insoportable, Sarai estaba celosa de la sirvienta (hay que pensar que el ser la madre del heredero era la gran gloria de una mujer), ya no soportaba verla cargar y amamantar el orgullo que debía ser el suyo. La trató pésimo y la echó.. (y eso que ella había sido la de las buenas ideas) Abram por supuesto no chistó. Era un tipo que sólo pedía tranquilidad, y ya había demostrado con creces que sacar una mujer de su carpa era un precio que estaba listo para pagar. En fin. Dios deja pasar más de 10 años más y cuando ya está claro que el pobre viejo ya no podía engendrar, aparece Dios y en vez de decirle: “De nuevo te portaste como incrédulo, y Yo como siempre teniendo que arreglar tus entuertos” Le dice: “A ver Abraham, ¿te acuerdas de nuestro pacto? Mira, este va a ser el signo de nuestra alianza: vas a circuncidar a toda tu familia y así lo hará toda esa posteridad que yo te voy a dar por medio de tu esposa legítima”. Abram de nuevo justo como había hecho después de haber “reconocido” delante de Melchisedec al Altísimo,  finge respetar, pero desconfía totalmente: “este tipo está chalado, después de todo este tiempo, ahora que ya soy un viejo inútil me dice que voy a tener descendencia con una mujer que durante todas estas décadas no ha podido entregarme más que problemas...”. Por fuera el hipócrita patriarca le responde a Dios : “A estas alturas de la vida”  dijo con un tono de “ahora que ya no te preocupaste de mi y de mi familia”,  “¿Podrías por lo menos bendecir a Ismael, no te parece ?” y Dios de nuevo con inmensa paciencia le responde que claro que lo iba a bendecir, pero que el heredero se lo iba a dar El. Y ahora que quedaba claro de que Abram no podía y su esposa tampoco, iba a nacer aquel anhelado hijo de la promesa.

Sarai, que de paso había sido rebautizada Sarah, hacía ya un buen tiempo que no tomaba a su viejo muy en serio. Se pueden ver sus dudas un poco más adelante en (Gen 18). Dios reviste una forma humana y visita a Abraham. Ella para la oreja: la conversación que tenían era a propósito de la famosa posteridad, y, al igual que su marido la última vez, ella también lo encontró tan absurdo, que se rió en su interior. Desde afuera Yaweh, la llamó mostrando que tenía muy claro sus más íntimos pensamientos. Si todavía pensaban ellos que Dios no se daba cuenta de lo incrédulos que eran, ahí ya no cabía duda... Dios sabía... y fíjense de que no estaba enojado, o molesto por la debilidad de Sarah.

En esta época Yaweh le explica al patriarca que va a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra, donde vive su sobrino Lot. Abraham que conoce el estilo de vida que tenían esos depravados, se asusta y pregunta si van a morir también justos ahí en medio... Dios, siempre muy paciente, en un dialogo muy divertido deja que Abraham lo “catetee” hasta tener la seguridad de que el es un Dios que sabe reconocer a los suyos, y que si hubiera alguien en esas ciudades de perdición que estuviese listo para abandonar todo eso para ser salvado, sin duda de que no los quemaría con los otros. Y así fue. Y no solamente demostró tener una justicia lo suficientemente fina como para salvar a todos los que estaban dispuestos a salir de ahí, sino que además fue justo en discriminar dentro del grupo de esos salvados a la persona que no quería dejar su tren de vida atrás: la esposa de Lot que fue transformada en estatua de sal por volver la mirada con nostalgia hacia lugar que abandonaban.

Después de haber visto todo esto, nada menos que la destrucción de dos ciudades por una lluvia de azufre y fuego (Gen 19) con una precisión bastante más “quirúrgica” que la de las tropas norteamericanas, Abraham se va con su gente (Gen 20). Nuevamamente llega en tierra extraña donde teme por su vida, y nuevamente hace pasar a su esposa por su hermana… y nuevamente Dios hace lo necesario para que esta le sea devuelta. No solamente no lo reta, sino que además lo presenta ante el tipo que había tratado de engañar (un tal Abimelec) como su profeta, y le pide a ese profeta de segunda que interceda por el pobre Abimelec, que había sido maldecido por su culpa, y que hasta puede haber sido incluso mas recomendable que el cobarde Abraham.

Esa persistencia de Dios en su idea de tomar como portavoz alguien tan imperfecto como Abraham (un hombre normal, al fin y al cabo) es transversal en las escrituras, y además explica un par de cosas. Hay una coherencia evidente de la política divina, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento. Esta política es la de revelarse a hombres usando otros hombres. Es cierto desde Adán concebido para ser imagen de Dios, y en el caso de todos los personajes bíblicos, que le siguen: el borracho de Noé, el temeroso Elías, pasando por el irritable Moisés, el lujurioso rey David, llegando al atolondrado apóstol Pedro, que son solo unos pocos representantes de una larguísima serie de hombres igual que nosotrs. Además, la pertinacia divina apunta a un principio que entrega la respuesta a esa pregunta que escuchamos tan seguido: Pero si Dios existe ¿porque tanta maldad, injusticia, miseria y violencia en el mundo? Y es que el haber sido creado imagen y semejanza de Dios el haber sido confiados la revelación de la persona de Dios (el conocimiento que tenemos de él, por lo que somos, y por lo que el dice ser) implica un poder y una responsabilidad tremenda: la de poder de elegir (libre albedrío) y el privilegio de ver consecuencias reales a nuestras elecciones, en la vida propia pero también en la vida de otras personas. Abraham era responsable de lo que sabía de Dios desde que empezó a saber algo de él. Si hubiera tomado en serio lo que ya había aprendido de Dios, no habría entregado a su esposa para salvar su pellejo, tampoco habría tratado de inventarse un heredero donde no había. El no ser consecuente con lo que sabía le trajo unos cuantos problemas a él personalmente, pero además hizo que mucha gente sufriera por su culpa. Faraón, Sarai, su sirvienta, Abimelec. Es el mismo principio que vemos actuando cuando unos padres irresponsables arruinan por adelantado la vida de un hijo que no ha hecho nada para ser mal educado. Es en ese sentido que tiene que ser entendido también la famosa instrucción de Cristo a sus discípulos: lo que aten en la tierra sera atado en el cielo. Si los que deben hablar de Dios, hablan de otra cosa, si atan la revelación divina que les fue confiada se privan de la plenitud para la que fueron creados (estar en relación con Dios y ser su imagen) y además privan a los otros de esa misma plenitud para en vista de la cual también fueron diseñados.

Resumiendo, tenemos el cuadro siguiente: un Dios medio desconocido le empieza a hablar a un tipo desconfiado llamado Abram. Le muestra una tras otra y otra vez de que a pesar de toda su debilidad, de todas su inconstancia, de toda su cobardía e impotencia, El mismo, Yaweh, el Altísimo, que lo había contactado se encargaría de bendecirlo y de darle una gran posteridad. Y esto es lo que Abraham empieza a tener claro en el momento en que Dios lo pone a prueba : “Ahora Abraham, quiero que sacrifiques a tu hijo delante de mí”. En primer lugar hay que entender que no era algo raro en esa época. El sacrificio humano se practicaba. Segundo Abraham de incrédulo que había sido durante todos esos años, ya tenía suficientes experiencias por detrás como para poder estar seguro de que si Dios le pedía la vida de su hijo, de igual forma se la podía devolver, pues era el hijo de la promesa hecha y confirmada por un Dios confiable. Tan confiado está, que en el versículo 5 del capítulo 22 del libro de Génesis, vemos a Abraham diciendo a sus siervos que esperen tranquilos, que el iba a subir sobre el monte con su hijo para hacer el sacrificio, y que luego volvería con el y nada hace pensar que pensaba volver con el muerto y en brazos. Un par de lineas más adelante leemos que, cuando iban subiendo los dos, Abraham y su querido hijo Isaac, este último pregunta extrañado como diablos (permítaseme la expresión) van a hacer un sacrificio si no tienen un animal para sacrificar. Abraham no le dijo que tenía la intención de cortarle la garganta, ni tampoco le contó una “mentira piadosa” como “no te preocupes, de ahí buscaremos algún animalito para sacrificar” solo le dijo que Dios se iba a encargar de proveer de un sacrificio. Confió. Tuvo fe. Más aún: tuvo razón de tener fe. Dios lo detuvo antes de que cortara el pescuezo de su hijo, y proveió un animal para el sacrificio.

Ahora le preguntaría yo al señor Kierkegaard y a todos los ignorantes que lo citan... ¿Fue irracional de parte del patriarca de confiar en Dios? Claramente, no. Abraham había visto lo suficiente de la persona de Dios como para saber que podía tenerle confianza. Dios desde el principio se puso a la altura de Abraham, le habló en lenguaje humano. Se dirigió a su razón a la cual entregó pacientemente todos los elementos necesarios, para que una vez que el patriarca estuviese listo, o sea, una ves que Abraham hubiera asimilado las verdades que le habían sido confiadas, Dios pudiera seguir adelante con su proceso de revelación. En el monte, Dios redondea la idea del tipo de relación que quiere tener con el hombre. Ese es el verdadero significado de esa ida al monte: Dios se revela al hombre, se hace conocido. En un mundo en que el sacrificio humano era practicado, Yaweh mostró que no le interesaba. En un mundo en que el hombre tiene que hacer lo necesario para complacer a la divinidad, Yaweh mostró que tampoco le interesaba. Lo que si mostró que le interesaba era tener un portavoz. No un representante absolutamente perfecto de la noche a la mañana, sino un representante como lo es un hijo que se vuelve cada vez más representativo de su padre a medida que crece.


Una Conclusión

Si Abraham es conocido como el padre de la fe (Romanos 4) se trata de una fe bastante diferente a la que tendemos a imaginar. Mucho más racional, mucho más científica de lo que creemos. Creo que si Abraham supiera el tipo de fe que se le achacaba lo encontraría bastante injusto, y si tuviera la ocasión de conversar con el filósofo nórdico famoso por su pésima definición de la fe, le diría que lo suyo no es fe, sino estupidez.  Ahora  ¿Porqué le interesa tanto a Dios que tengamos fe, si no es (como lo pretenden los filósofos irresponsable del estilo de Kirkegaard) para mantenernos ciegamente sujetos a una voluntad ajena, arbitraria, e incomprensible? Primero porque, como ya dije, la fe es el requisito necesario para pensar racionalmente, lo que equivale a decir, para estar vivos intelectualmente. Segundo porque el hecho de tener fe es sustantivo en el proceso de conocer cualquier cosa.  En Tercer lugar porque sin fe no puede existir comunicación. Dicho de otro modo, sin fe no seríamos humanos, y no podríamos seguir el camino de Abraham: Vivir para descubrir a ese Dios que se revela y para reflejarlo hacia los otros hombres. Dios nos quiere pensantes, cognoscentes y comunicantes, porque para eso nos creó: Para alimentarnos de él, para rendir un culto racional y voluntario de alabanza de su gloria.