El Nombre de la Rosa

De donde vengo
Por donde vamos
A lo que voy, y si me quiere acompañar
Apendice


ECO, ADSO, GUILLERMO Y YO

De donde vengo

Justo al terminar de ver la pelicula “El nombre de la Rosa” tengo la impersión que algo se debería decir respecto a tan gran injusticia. Me imagino que cualquier persona de aquellas que conocen la Edad Media por las pocas imágenes que han visto en películas, esas personas que generalmente son también las mismas que se preguntan con horror como uno es capaz de encontrar entusiasmante el estudiar historia (palabrita que significa para ellos algo así como un montón de fechas y nombres sin importancia) y que, por supuesto, no han escuchado hablar ni remotamente de la existencia de algo así como la semiótica, esas personas, digo, probablemente pensarían que no ven de que estoy hablando. En esta película los buenos se salvan, los malos mueren, como en todas las buenas peliculas, ¿no? Pero la injusticia de la que hablo es la que hace el autor de la película respecto del libro, porque realmente apenas logró un distorsionado y lejano reflejo de lo que es.

No me he tomado el tiempo de buscar si existe alguna entrevista de Umberto Eco (el autor de la novela que sirvio de base para la película), en la que exprese su parecer. Sin embargo estoy prácticamente seguro que aparte por los derechos de autor, que tampoco deben ser insignificantes, la película debe haber sido bastante desilusionante. Quizás lo tome con humor, cosa que no sería extraña viniendo de él. De hecho la situación no deja de ser divertida: No solamente se dió el gusto de publicar una obra de primera calidad, pero además el miserable sub-producto de su obra (cuyas pocas ventajas pueden resumirse en la presencia de un actor como Sean Connery, el parecido con cualquier cuento policial1, y una protuberante escena de sexo) le trae algunos pesos para redondear el mes. Además supongo que su persona permanece “incólume” en cuanto la mayoría de los que encuentran algún deleite en la película se acordarán de la cara de Sean Connery con mucho más facilidad que la del semiólogo italiano, que probablemente ni siquiera vean nunca.

Para nosotros, quienes por esas cosas de la vida hemos sido arrancados de la existencia del común de los mortales, y que ahora nos encontramos contemplando el mundo desde la terraza de nuestro venerable instituto, el leer la novela puede resultar bastante estimulante. Sobre todo después de haber sido introducidos un poco más profundamente al mundo en que se mueven los personajes del Nombre de la Rosa. Es evidente que la “profundidad” de la que hablo es bien modesta, creo que todos sabemos que lo que alcanzamos a aprender de las cátedras y de lo poco que leímos, no es más que una leve huella, un estilizado signo que remite a ese gran mundo que es la Historia (tanto en su asepción de acaecer real como en su sentido de la intrincada maraña de todo lo que se ha escrito a proposito de ella). Pero armados de ese respeto por la historia que siempre parece mantenerse más allá de nuestras posibilidades, la novela se vuelve un relato que unifica, que hila, una serie de datos que pudimos aprender algo dispersamente. Digo dispersamente porque el conjunto de datos ordenados acedémicamente, científico como un diccionario, ese que aborda la realidad por categorías bien definidas –economía, sociedad, política, tal o cual proceso– si bien es un conocimiento ordenado por criterios de afinidad (lo económico con lo económico, etc) no es un criterio que nos es natural. El orden más natural, más habitual es el de la experiencia humana bruta. Esa experiencia humana, cotidiana, ordena los datos mesclando constantemente todas esas grandes categorías usadas por los historiadores. Desde el punto de vista del orden de la experiencia natural, el conocimiento académico es desordenado en extremo, por ser el resultado de una pulverización metódica de las experiencias humanas individuales que les daban sentido. Cuando un historiador de la economía dice que el precio de las cebollas varió durante el siglo XVII, está usando datos que extrae por ejemplo del diario de un tal señor Klevenshift que al contar alguna anécdota menciona el precio de las cebollas en el año 1603. Los compara con datos extraídos, pongamos, de una carta escrita por la señora Gutentag en el año 1689 en que también menciona el precio de la cebollas, y de ahí infiere que hubo una variación. Sin embargo hoy, igual que en las épocas respectivas del señor Klevenshift y de la señora Gutentag, el precio de las cebollas tiene esa curiosa propiedad que lo hace ser recordado mucho más facilmente en el marco de nuestras historias cotidianas (hechas del dinero que nos va a alcanzar “justito”, de todo lo que me queda por comprar, y de nuestra firme intención de hacer empanadas de pino) mientras que el mismo precio dentro del discurso de los historiadores tiende a provocar la más profunda indiferencia. El conocimiento académico realmente se asemeja al conocimiento de un diccionario. Ahí podemos encontrar la casi totalidad de las palabras que usamos todos los días, pero ordenadas de una forma absolutamente extraña a nuestra vida real. No es por nada que aprendemos a hablar, no leyendo diccionarios, sino hablando y es sólo después de haber sido largamente iniciados en el uso del lenguaje humano que los diccionarios empiezan a ser de algún uso. Eso explica también que mucho antes que existieran los diccionarios, el conocimiento era transmitido muy eficientemente bajo forma de narraciones, relatos que organizaban sus datos de una forma mucho más afin al modo natural de abordar la realidad.
Los que hace Umberto Eco es pues tomar esos datos a propósito de la Edad Media que nosotros abordamos en esa disperción científica, y los ordena en un relato un poco más afin a nuestra experiencia humana. Tanto más cercano para nosotros, estudiantes de Historia, en cuanto al leer la novela nos encontramos con que muchos de los datos y fuentes que utiliza Eco son los mismos con los que nosotros nos topamos en nuestras peregrinaciones académicas por la Edad Media. Creo que podemos sentirnos mucho más en casa que cualquier otra persona que nunca ha leído a Johannes Huizinga o a Jaques Le Goff, por ejemplo. Aprovecho de paso recomendar la lectura del libro después de haber pasado por la cátedra del profesor Marín (aunque este año él haya recomendado su lectura al principio del curso de historia Medieval), porque leer todo ese cúmulo de frases en latín, alusiones a personajes, autores y ordenes medievales sin tener la más minima idea de ellos, sería perder gran parte del encanto del libro.


Por donde vamos

Si dedicarnos a recorrer algunos de esos lugares conocidos podría sería entretenido, asi como muy fácil sería también mostrar lo indigna que es la película del libro, me contentaré de haberlo sugerido y dejarles a ustedes el gusto de leerse la novela y ver que tengo razón. Sería también interesante hacer un sumario de las numerosas lecturas que podría tener el texto, el semiólogo que es el autor es lo suficientemente ingenioso como para hacer un tejido de sentidos lo suficientemente complejo como para entretener al lector un buen rato. Se me ocurre que a él mismo le puede interesar más su obra bajo ese aspecto de relato multi-sentido que bajo el aspecto literario o incluso histórico. Sin embargo hay un tema al que el autor apunta bastante claramente, un bebé con el que uno se queda inevitablemente en brazos por aprecer constantemente a lo largo de toda la novela y por encuadrar el libro en sus primeras y últimas páginas. Si me propuse no arriesgarme demasiado tratando de decir donde se esconde Umberto Eco entre todo lo que dicen los personajes de su libro, no exige mucha audacia de mi parte el afirmar que el autor pone constantemente el dedo sobre grandes cuestiones a propósito de la verdad y el orden del universo2 muy a propósito (será que le interesa realmente).

Ya al principio del libro, el autor en una introducción bastante curiosa entrega una explicación a todas luces ficticia (cuyo principio y fin pueden consultar en el apéndice) de lo que lo habría llevado a escribir el libro. Se trataría de transcribir el oscuro relato de un oscuro personaje llamado Adso de Melk del que tuvo noticia de la forma más sorprendentemente indirecta y azarosa. Habría tenido en su poder una copia de la historia completa, que habría sin embargo perdido cuando, cierta señorita objeto de su cariño, se habría repentinamente enojado y hecho sus maletas llevándose por error el precioso libro. Eco después de esta aventura habría podido reconstruir el relato de Adso de Melk a partir de sus apuntes y de los vestigios más heteroclitos, tan heteroclitos, por cierto, que el mismo se pregunta si tiene algún sentido el entregarse a tal ejercicio de reconstrucción. La confesión de estas dudas que puntúa su pequeña introducción, tiene un sabor demasiado actual y es sugerido con demasiada insistencia como para no ser aquello de lo que quiere hablar.

Claro, se podría pensar que a pesar de hablar mucho de eso, su intención podría ser la de obligarnos a descubrir un plano distinto a ese que está poniendo tan en evidencia. Cuando una persona pone insistentemente un objeto bajo nuestra mirada, puede ser o porque quiere que lo consideremos con seriedad, o porque quiere ocultar otra cosa. Lo que, a fin de cuentas, es casi decir lo mismo porque las dos intenciones (mostrar algo y ocultar lo otro) son las dos caras de la misma moneda del acto de enunciar. Si digo mira el sol afirmo tácitamente no mires todo el resto sugierendo (quizás muy a mi pesar) que hay un resto que no hay que mirar. En el mundo de la semiología, una lectura siempre tiende a esconder otras, y es muy de esperar del ingenioso Umberto Eco que al estar sugiriendo una, este también sugiriendo que vayamos en busca de las otras. Un poco como ocurre con un enigma: el enunciado encubre su verdadero significado, pero al mismo tiempo está puesto ahí para que algún curioso trate de descubrirlo. Es de esperar que el autor esté bien conciente de eso, y que nunca haya dejado de ver los dos lados de su enunciación. Sin embargo en este caso preciso, el tema que Eco pone insistentemente bajo nuestros ojos es tan general y universal que si no quiciera realmente que nos concentraramos sobre él, lo único que quedaría sobre lo cual volcar nuestra atención sería la multitud de hechos extraños con los que teje su texto, y la embrollada extrañez de la historia nos empujaría inevitáblemente al tratar de decifrarlos para entenderlos. Primero porque es el reflejo de todo ser racional y que no habría ningún placer en una lectura que no se entiende por lo menos un mínimo. Pero también porque el autor escribe para eso: para ser decifrado. Lo dice directamente por la pluma de Adso, en el prólogo: La obra es entregada para que el lector la decifre y trate de entenderla. Lo sugiere también el autor mismo en su introducción de una forma cómica y apenas encubierta: Por un lado afirma no saber porque escribe, y en un gesto despreocupado añade que es por el puro deleite de escribir. Pero por otro lado dice que lo hace porque hay un enamoramiento bien real, y que es para liberarse de viejas obseciones que están todavía ahí. Como por si el lector todavía no se diera cuenta de que hay una contradicción puesta para que se sospeche de ella (en esa declaración de tipo “la amo pero no me importa”) lanza inmediatamente la barbaridad que ningún estudiante de historia que pasa por la cátedra de historia Medieval del profesor Marín puede dejar pasar: dice muy cándidamente que todo ocurre en una época lejana y gloriosamente desvinculada con todos nuestros cuestionamientos. Evidentemente esta lejanía no es tal, y evidentemente tampoco es lo que piensa Eco, quien pasó buena parte de su existencia muy interesado en la época medieval, y que dice también en la entrevista de Beale que el sentido de la historia que cuenta ahí es furiosamente actual. Este discurso tragicómico pide a gritos que lo decifren para poder entregar su mensaje.

El texto mismo remite al vinculo que tiene su historia, no solo con la actualidad, pero con todo. Como ya dije, en la introducción Eco habla de la forma en que construyó su relato, en base a fragmentos de textos que logró juntar, y espera que el resultado, aunque dudoso, represente la historia de Adso. Expresa además su duda acerca del sentido del ejercicio, y se lo explica por un cierto cariño que le tomó a la historia. En el prólogo y en el último folio, Adso en forma análoga dice construir su propia historia en base a recuerdos confusos y fragmentos de textos, su historia es signo de signos porque el conjunto de los textos que utilizó para construir la historia forman una pequeña biblioteca que es signo de la gran biblioteca de la abadía (en donde ocurre la historia). También expresa sus dudas, su deseo de poder entender esa incóngrua historia, que a pesar de su carácter absurdo, lleva sin embargo en su corazón. Guillermo de Baskerville (que es el personaje central del relato de Adso) también expresa su amor y su deseo de desentrañar el misterio de la biblioteca3 y de la abadía ambos entendidos constantemente (sobre todo la biblioteca) como imágenes reducidas del mundo en su totalidad. Además este personaje está constantemente recordando su duda respecto del orden del universo a lo largo toda la novela, duda que incluso termina triunfando, tomando el primer plano e impregnando las ultimas páginas en que le es dado hablar. Hay pues tres figuras paralelas, la de fray Guillermo, el personaje principal de la historia, la de Adso quien cuenta la historia, y la del autor quien cuenta la historia de la historia.

Los tres están empeñados en tratar de decifrar las cosas, Guillermo las incogruencias de la biblioteca y el universo, Adso en decifrar las incongruencias de su maestro, y Eco la incongruencia del relato de Adso. El desafío al lector es evidente: Solo falta que él se dedique a decifrar las incongruencias del autor para que tome su lugar en la cadena de los que decifran los signos de los que decifran los signos de los que decifran los signos.

Sin embargo no se trata solo de intepretar en el aire, pues está ese hilo conductor, ese tema que traspaza toda la novela y del que dan cuenta los tres decifradores: la duda. En el discurso de Eco es una duda que no parece importar mucho, en el discurso de Adso la duda es todo lo que queda. En el discurso de Guillermo la duda pasa de ser una sombra que aparece y va hasta volverse lo más importante.

La naturaleza de la duda (como surge de numerosos diálogos, además de los textos en el apéndice) es la siguiente: fray Guillermo que es muy científico para sus cosas, se da cuenta que puede descubrir relaciones entre las cosas, porque su experiencia así lo muestra. Sin embargo tiene una duda epistemológica: le falta la garantía de que estas relaciones sean estables. Le falta saber con seguridad que está efectivamente sabiendo algo verdadero. Esta duda epistemológica surge de una concepción metafísica bien precisa: Nada impediría a Dios cambiar las reglas del juego del mundo para hechar abajo todas las certidumbres que se podrían haber forjado. Más aún, el dios de fray Guillermo estaría obligado a no poner ninguna regla. Ahí es donde está el problema: fray Guillermo al concebir un Dios que por su grandeza no cabe dentro del pensamiento humano, cree que inevitablemente este no se podría hacer caber dentro de él. Decir que el universo tiene orden sería decir (según él) que Dios no es libre o no es omnipotente. Como si por ser libre y omnipotente, Dios tuviera que hacer absolutamente todo lo que podría hacer. No deja de ser curiosa esta idea de que Dios por ser omnipotente y libre estuviera obligado a disolverse en la nada. Como si Dios, justamente en virtud de su libertad y su omnipotencia no pudiera autorestringirse, y no pudiera ni siquiera crear un universo estable, con reglas bien definidas. Como si deteníendo su libertad creadora, y absteníendose de crear todos los universos posibles, fuera menos Dios. Acaso un hombre, al ser libre y teniendo los medios de hacer algo deja de ser hombre porque decide no hacerlo? Si yo teniendo la libertad y el poder de pararme sobre el escritorio del director de la universidad y gritar “¡viva Quebec libre!” decido sin embargo no hacerlo, ¿acaso dejo de ser yo, o dejo de ser un ciudadano plenamente libre? Evidentemente no.

Ignoro si la idea de frai Guillermo es la de algún teólogo medieval. Creo que no. En todo caso lo que si sé, es que la concepción metafisica del dios indefinido del Dios penetrado de posibilidad, que es lo mismo que decir el dios del que no sabemos nada, es la concepción que se ha generalizado en nuestra sociedad. Y es por eso que creo que Umberto Eco nos está hablando de el, y de su filosofía antes de hablarnos de cualquier otra cosa. ¿Que es exactamente esto del dios indefinido? Resulta que si no sabemos como es… aquello que causó nuestro universo… si no tenemos noticias de eso, nos quedamos sólo con el universo entre manos, sin ninguna explicación. Ni siquiera con el universo sino que apenas con lo poco que sabemos del universo lo que es menos aún. Que sucede: Sabiendo tan poco es imposible asegurar que se sabe realmente lo que se sabe, porque repentinamente podría salir de la masamorra de lo desconocido algo que ponga todas mis certezas patas para arriba.

Más aún, si tenemos esta idea de no se lo que detrás del universo, y nos empeñamos en mantener esta duda metafísica, la consecuencia es que, así como el conocimiento se pone en duda, también la posibilidad misma de decir algo verdadero se derrumba. O por lo menos se cuestiona lo suficiente como para que ya no valga ni un peso. Si no tenemos ninguna garantía de estar realmente sabiendo algo verdaderamente, menos se puede tener la certeza de estar diciendo algo verdaderamente. Aún si hicieramos retroceder el reino de la duda un poco, y tuviesemos así la certeza de saber algo ahora, pero sin tener ninguna garantía de que sea así después (o sea, sin tener ninguna esperanza de generalizar y mucho menos dar un carácter universal a lo que sabemos) de la misma manera, al hablar podríamos estar seguros de estar diciendo algo ahora pero sin ningúna garantía que ese algo siga siendo tal después. El lenguaje sería a fin de cuentas completamente autoreferente: solo dice lo que dice ahora, y al repetirlo justo después ya no se tiene ninguna garantía de estar diciendo lo mismo. A eso apunta la respuesta extraña de Guillermo a la primera y última conclusión teológica de Adso (véase el diálogo en el apéndice) ¿De que serviría tratar de hablar, o de responder preguntas si las cosas y lo que se dice pueden ser esto ahora y cualquier otra cosa después, o si ni siquiera se está seguro de estar diciendo algo?

En la práctica, si bien la idea de que no se puede saber nada acerca de las causas del universo se ha masificado muchísimo, no se suele empujar las dudas demasiado lejos. Si dudaramos de todo, no podríamos hacer nada. Si dudaramos de que la tierra va a seguir firme al proximo paso que vamos a dar, no caminaríamos. Sin embargo caminamos, vivimos y hablamos también, pensando incluso estar diciendo cosas verdaderas. Un enunciado típico: “me costó despertarme esta mañana”. Cuando decimos esto lo decimos porque nos consta, y en general todos están listos en créer este tipo de afirmaciones. Pero no hay que pensar que porque en lo cotidiano seguimos viviendo y hablando como cualquier ser humano de cualquier época que estas grandes dudas no signifiquen nada para nosotros. Hay todo una pleyade de intelectuales, como Nietzsche, Derrida, Lyotard, Foucault o Barthes que han esparcido estas dudas con las que terminamos topándonos en cada esquina. ¿Ah si? Dirán ustedes… si, si (responderé yo). Todos convendrán por ejemplo que hoy es bastante mal visto el emitir juicios de valores demasiado drásticos. Nunca, pero nunca, cometan el error de emitir un juicio del tipo “la conducta de Bernardo O’higgins fué mala” en un trabajo, porque pueden estar seguros de ver aparecer unos cuantos garabatos rojos y furibundos sobre su hoja que los censuren en nombre del savoir vivre académico. Y es que, cuando uno escribe algo con alguna pretención de rigurosidad científica, cualquier interpretación de caracter universal, es decir, que no se pueda inferir de esos hechos, es visto como arbitraria y personal. Cuando hablamos de temas como la moral, o las creencias religiosas o filosóficas de un individuo, podemos estar de acuerdo o no, pero en ningún caso nos sentiríamos obligados de pensar como él, más aún, no sentiríamos chocados, y ofendidos incluso si el individuo tuviera las patas de decirnos con sincera convicción, que lo que el cree también se aplica a nosotros. Es simplemente porque en temas más generales planea una duda institucionalizada, donde lo único acceptable, lo único políticamente correcto, es no decir nada como si fuera realmente cierto (o sea, como si fuera algo verdadero para todo el mundo). Alguien que habla con convicción, es alguien que trataría de imponer una relación de poder (gracias a monsieur Foucault) y basta para escuchar un discurso con pretensiones universales (o sea con pretension de valer para todos en todo momento y lugar) y en seguida nos sentimos cohartados.

El único límite, el único criterio que ahora se admite para jusgar de un supuesto general, es evitar de llegar a los extremos. Esta fracesita figura como uno de los últimos valores universales, es por cierto bastante vaga, pero es entendida en general de la manera siguente: Es una conducta extrema el matar a alguien por ejemplo. Hace poco alguien puso un comentario en mi página web4 reaccionando con respecto al ensayo sobre Evanescence. Ahí digo que un “gótico” que mata a sus compañeros de colegio porque se toma muy en serio ciertos postulados que se manejan en su mundo (como sería la vida es una enfermdad incurable) es en realidad el mejor representante de su movimiento, justamente porque va hasta el final de lo que cree ser verdad. El comentario alega que el tipo es un tarado que no sabe medirse, y que se fué al extremo. De hecho, todos los “góticos” o incluso “satánicos” que no matarían una mosca se sienten absolutamente ofendidos que los comparen con este tipo de individuos. La persona que puso el comentario añade que la iglesia también es mala cuando se va a los extremos, como ocurrió en el tiempo de la Inquisición por ejemplo. La idea del extremista como el enemigo es pués bastante actual. Umberto Eco precisa un poco esta noción del extremista. Este no solo es el que es capaz de matar, e imponer con la tortura su verdad, pero también el que está listo para morir por lo que cree. Hay varias alusiones en el libro, pero la que está en el apéndice es lo suficientemente clara (en la última conversación). Es bastante fácil, por cierto, que una persona que está lista para perder la vida por algún ideal esté listo a sacrificar la de otros en los altares de su convicción. El extremista es el diablo mismo del que hay que huir, y la única verdad sería que no hay verdad. Todo el resto es una ilusión malsana, dice fray Guillermo.

Si todo orden, toda verdad, todo saber, todo discurso queda reducido a una ilusión que no hay que tomar en serio, solo quedaría ese amorío superficial y nostálgico respecto de estos simulacros de verdad. Un amorío lo más superficial posible, porque que se tiene que estar listo a tirarlo por la ventana muy rapidamente, no vaya a ser que nos lleve a algún extremo. Solo quedaría el jugar a orientarnos en el universo, pero simpre borrando todo los mapas que pudimos elaborar y empezando de nuevo tratando de hacer otro. La única solución frente a esta verdad (que no hay verdad y que todo lo que se puede decir tiene que ser considerado falso) es la risa. No tomar nada muy en serio.

Nótese que hay una progresión: se parte de la duda, expresada a lo largo de la novela, de tipo “no se sabe si hay algo tras el universo” y por lo tanto “no se sabe si lo que se y lo que digo es realmente cierto” y al final de la novela se llega a una afirmación tajante “no hay nada detrás del universo” y por lo tanto “se sabe que todo lo que se dice es falso a final de cuentas”.

Umberto Eco en El Nombre de la Rosa nos presenta la historia de un personaje igenioso, que gusta de desenmarañar madejas, de decifrar el mundo, y de tratar de orientarse en el universo. Más aún: nos insta a seguirlo, y a hacer lo mismo que el, nos empuja a desenmarañar la madeja de su novela así como Guillermo decifra sus enigmas, de manera que lleguemos todo juntos a una conclusión: la conclusión de Guillermo, la conclusión de Adso, y la conclusión de Umberto Eco: Estaremos siempre desorientados, nunca podremos decifrar el mundo, no vale la pena tomarselo en serio. La risa, según revela Eco en la entrevista que he estado citando, sería un mecanismo desarrollado por los seres humanos para… enfrentar la muerte, una pillería para enfrentar su tristísima condición.


A lo que voy, y si me quiere acompañar

 
El gran problema de toda esta forma de pensar, es que tarde o temprano tiene que derrumbarse frente a la realidad. Uno puede reíse todo lo que quiera de la muerte, esta va a terminar ganando de todas formas. De hecho, ni Adso ni Guillermo ríen al final de sus vidas. Adso en el último párrafo del libro dice con palabras muy poéticas que se va a esfumar en la nada, y más ensima con la frustración de no haber podido entender porqué. La única patética nota positiva es que, al menos cuando deje de existir, también dejará de existir la frustración.

Admitamos entonces que la receta de Umberto Eco sirva solamente cuando todavía la sombra de la muerte no se perfila en el horizonte, cuando todavía se puede comer y beber contando chistes y sin pensar en lo miserable de nuestra condición. En realidad el no tomarse las cosas muy en serio y reírnos de las situaciones y de nosotros mismos sería muy útil para cumplir con ese valor universal de sobretodo evitar los extremos. Hay mucha gente que, como Umberto Eco tienen este tipo de discurso. Hay por ejemplo una canción de Chris De Burgh5, que suena muy bonita por su tono pacifísta. Uno de sus versos dice que no hay absolutamente nada por lo cual valga la pena morir. La idea es atractiva: si todos vieran la vida humana como algo digno de ser preservado a pesar de las diferencias, se podría pensar que no habrían guerras ni crímenes. Si todo el mundo evitara tomar tan en serio las cosas como para morir por ellas, se puede imaginar que ya nadie moriría. Es por cierto la idea de Guillermo: hacia el final del libro6 afirma que el poder de reirse de todo sería algo mucho más grande que los problemas que enfrentaban el papa con el emperador. Sin embargo este mismo ejemplo puede ayudarnos a entender la verdadera utilidad (o inutilidad) de la propuesta de Guillermo. Imaginemos por ejemplo que un papa pretende manejar todo el dinero de la cristiandad, mientras que el emperador quiere manejarlas él. Se produciría un conflicto. Ahora, que tal si en vez de luchar uno contra el otro optaran “sabiamente” por la propuesta de fray Guillermo y se rieran de todo el asunto. ¿Habrían arreglado algo? No. Todavía tendrían el mismo problema entre manos. Lo único que habrían logrado hacer es postponer el conflicto. Para que se resuelva una de las dos partes tiene que ceder lo que la otra no. ¿Como saber si reírse de la verdad del otro, o de la propia? Si una afirmación a llegado a ser nuestra, es justamente porque pensamos que merece ser tomada en serio más que las otras. Sin embargo, si admitimos el no llegar al extremo de matar o dar la vida como valor supremo, inevitablemente es el que está más aferrado a su verdad quien triunfa, porque el otro que prefiere sacrificarlo todo con tal de no infringir el valor universal, verá que si el no cede, el otro se va a imponer por la fuerza. Conclusión: Esta risa a lo único que ha llevado es a la primitiva ley del más fuerte, siendo el más fuerte el que más se aferra a su convicción. Triste riza la del que tiene que huir por el mundo entero para evitar a los más fuertes que él. Es de preguntarse si no es una solución de esas extremas que justamente se está tratando de evitar: La existencia del que huye para conservar la propia vida muestra, no que el sacrificio no valga la pena, sino que en realidad vale la pena sacrificarla en la huida constante. El que se aferra a esta verdad de no ir a los extremos, termina llegando al extremo ridículo de tener que dejar paso a los más fuertes que él, de una forma u otra, sacrificando su vida en la huida, o inclinandose ante la voluntad del más fuerte.

¡Ah! pero sin duda que cuando gente como Guillermo afirma con tanto fervor que habría que abandonar toda verdad para no volverse uno de esos extremistas, están diciendo que esta verdad tampoco se tiene que tomar tan en serio. El postulado terminaría sonando así: A veces hay que ser serio, a veces hay que reirse, pero siempre estando seguro de no poder saber si esta vez correspondía a una opción o la otra. A final de cuentas no están diciendo absolutamente nada, y más rápido llegaríamos a esta conclusión si se callaran, simplemente. A la basura pues la propuesta de fray Guillermo.

La verdad es que las situaciones tarde o temprano van a pedir una actitud extrema del individuo. Tarde o temprano en cosas muy sutiles o muy espectaculares la persona va a necesitar decidirse por un discurso, por una verdad. Pensemos en algo grande, como una guerra por ejemplo. Sea cual sea la idea que se tenga del conflicto en Irak, si viene un Saddam Husein a asfixiar a mi familia con algún gaz mortal, o un Bush con sus ejercitos de marines a matar a todo el mundo así porque sí, no cabe duda que cualquier persona que se respeta estaría lista a morir por los suyos. En una situación de amenaza, esa misma linda frase de Chris de Burgh se vuelve extrema: porque si no se arriesga la vida por los suyos estos van a perecer. En una situación extrema, cualquier decisión es extrema. Pensemos en Ghandi por ejemplo, pacifísta por exelencia. Pasó muchas veces por situaciones en que su vida corría peligro, y sin duda pensaba que su causa valía su sacrificio. Difícilmente se podría decir que Ghandi fué una persona que evitó los extremos. Pasó de ser un joven educado a la inglesa, con terno y corbata, a ser el más indú de los indús viviendo descalso y a veces medio muerto de hambre, igual que ellos, solamente porque creía que había una verdad por la cual valía la pena luchar y morir. Cuando hay cosas grandes en juego, es evidente que la riza no basta, se necesita una verdad. Una u otra, pero no podemos escapar de la elección que se impone, de afirmar una cosa u otra.

Si pensamos en temas menos espectaculares y más cotidianos, como el educar a un hijo. Un padre que quiere enseñar algo va a tener que tener un discurso claro en extremo: esto si, esto no. Esto es bueno, esto es malo. Incluso va a tener que recurrir algunas veces a métodos más extremos todavía, como en pegarle un buen par de palmadas en las partes blandas. Puede parecer exagerado decir que esto es una conducta extrema. Pero llega a ser impresionante el numero de madres que hoy día son incapaces de prohibir nada a sus hijos, y mucho menos pegarles una buena cachetada, porque lo perciben como algo demasiado duro, porque realmente en la práctica el afirmar algo se ha vuelto políticamente incorrecto. Sin embargo el dejar a sus hijos sin ningún límite, a pesar de parecer más “neutro” por parte de los padres, es una opción igual de extrema que el castigarlos cuando es necesario. Cuantos niños podridos de tanto ser mimados se ven por todos lados. Una suplicio para todo el mundo, porque están todo el tiempo llorando y pataleando, y una existencia miserable para ellos también, porque en vez de poder disfrutar de los paseos caminando de la mano, se hacen arrastrar en llantos para todos lados. En vez de poder estar contentos porque reciben un dulce o un jugete, lo reciben con la indiferencia del que recibe una basura más. Estos niñitos caprichosos, llegan luego a los 20 o a los 40 años de edad sin ser capaces de hacer nada útil con su vida, viven deprimidos o enojados, y siguen siendo un peso para todo el mundo y para ellos mismos. Y todo eso, solamente porque los padres, gente común y corriente, no se tomaron el tema de la educación de sus hijos en serio.

El problema real es de no darse cuenta de que todo lo que pensamos (que lo tomemos en serio o no) inevitablemente termina por importar. El problema no es exagerar, ni llegar a los extremos de lo que se piensa, el problema es estar exagerando lo correcto, y llegar hasta las últimas consecuencias de lo que es bueno. Nadie se atrevería a decir, me parece, que las exageraciones de Ghandi no fueron adecuadas. Nadie diria que es algo inacceptable llevar hasta sus últimas consecuencias el precepto amarás a tu prógimo como a ti mismo. Hay que preguntarse, no si es bueno exagerar, sino más bien que se está exagerando. Dicho sea de paso que la Inquisición no es el extremo del mensaje de Cristo, es el extremo de una ideología potentemente anti-cristiana en que ciertas personas tienen el derecho de obligar por todos los medios a los otros a créer lo mismo que ellos.

Para volver al planteamiento de Umberto Eco, el desajuste está en que fray Guillermo tiene su propia idea de Dios, que por cierto no es la idea del Dios cristiano. El Dios de Guillermo de Baskerville es indefinido, no se sabe nada de él. Al final del libro sube de un nivel en la escala de la indefinición y termina por igualarse a la nada. Lo más extraño de esta idea, es que a pesar de no haber nada allá afuera, igual estamos nosotros y un universo que aunque se escape en gran parte a nuestro conocimiento, bien parece que está ahí. Vaya contradicción. En cambio si Dios existiera, y, como el Dios de la Biblia, si en su omnipotencia restringiera su libertad creando un universo estable (no penetrado de posibilidad como dice Eco) creando también seres libres, incluso con la capacidad de oponérsele responsáblemente si ellos lo decidiesen, si ese Dios no se quedara callado y les hablara, si les informara que Él es quien ordenó el universo y quien lo mantiene en movimiento como un reloj, desde el átomo más pequeño a la galaxia más grande, si esto fuera así, tal como lo presenta la Biblia, el hombre contaría entre sus posibilidades el conocer con tranquilidad el mundo, sin miedo a que este se vuelva otra cosa de un día para otro, sin necesitar temer el no llegar nunca a tener un discurso verdadero. Si las cosas fueran así, el hombre contaría entre sus posibilidades el escuchar ese Dios que habla, y que le dice que hay un sentido a todo esto, y que, aunque no conosca la totalidad del universo, igual puede orientarse con seguridad y no andar perdido como el pobre Umberto Eco. El hombre tendría la posibilidad de saber que el también puede restringir su libertad para, en vez de hacer todo y cualquier cosa, puede entrar en el propósito para el cual fue creado, hacer el bien y ser speculum Dei, fiel representación de Dios, algo bueno, agradable, amable en extremo.


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APENDICE


Principio de la introducción (Eco)

El 16 de agosto de 1968 fue a parar a mis manos un libro escrito por un tal abate Vallet, Le manuscript de Dom Adson de Melk, traduit en franjáis d'après l’édition de Dom J. Mabillon (Aux Presses de l'Abbaye de la Source, París, 1842). El libro, que incluía una serie de indicaciones históricas en realidad bastante pobres, afirmaba ser copia fiel de un manuscrito del siglo XIV, encontrado a su vez en el monasterio de Melk por aquel gran estudioso del XVII al que tanto deben los historiadores de la orden benedictina. La erudita trouvaille (para mí, tercera, pues, en el tiempo) me deparó muchos momentos de placer mientras me encontraba en Praga esperando a una persona querida. Seis días después las tropas soviéticas invadían la infortunada ciudad. Azarosamente logré cruzar la frontera austriaca en Linz; de allí me dirigí a Viena donde me reuní con la persona esperada, y juntos remontamos el curso del Danubio.

Final de la introducción (Eco)

En conclusión: estoy lleno de dudas. No sé, en realidad, por qué me he decidido a tomar el toro por las astas y presentar el manuscrito de Adso de Melk como si fuese auténtico. Quizá se trate de un gesto de enamoramiento. O, si se prefiere, de una manera de liberarme de viejas, y múltiples, obsesiones.
Transcribo sin preocuparme por los problemas de la actualidad. En los años en que descubrí el texto del abate Vallet existía el convencimiento de que sólo debía escribirse comprometiéndose con el presente, o para cambiar el mundo. Ahora, a más de diez años de distancia, el hombre de letras (restituido a su altísima dignidad) puede consolarse considerando que también es posible escribir por el puro deleite de escribir. Así pues, me siento libre de contar, por el mero placer de fabular, la historia de Adso de Melk, y me reconforta y me consuela el verla tan inconmensurablemente lejana en el tiempo (ahora que la vigilia de la razón ha ahuyentado todos los monstruos que su sueño había engendrado), tan gloriosamente desvinculada de nuestra época; intemporalmente ajena a nuestras esperanzas y a nuestras certezas.

Principio del prólogo (Adso)

En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel debería repetir cada día con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la única que puede afirmarse con certeza incontrovertible. Pero videmus nunc per speculum et in aenigmate y la verdad, antes de manifestarse a cara descubierta, se muestra en fragmentos (¡ay, cuan ilegibles!), mezclada con el error de este mundo, de modo que debemos deletrear sus fieles signáculos incluso allí donde nos parecen oscuros y casi forjados por una voluntad totalmente orientada hacia el mal.
Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrépito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando así de la luz inefable de las inteligencias angélicas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aún me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento.

Fin del prólogo (Adso)

“No debes inquietarte porque aún no existan, pues eso no significa que no existirán [hablando de máquinas extraordinarias]. Y yo te digo que Dios quiere que existan, y existen ya sin duda en su mente, aunque mi amigo de Occam niegue que las ideas existan de ese modo, y no porque podamos decidir acerca de la naturaleza divina, sino, precisamente, porque no podemos fijarle límite alguno.” Ésta no fue la única proposición contradictoria que escuché de sus labios: sin embargo, todavía hoy, ya viejo y más sabio que entonces, no acabo de entender cómo podía tener tanta confianza en su amigo de Occam y jurar al mismo tiempo por las palabras de Bacon, como hizo en muchas ocasiones. Pero también es verdad que aquéllos eran tiempos oscuros en los que un hombre sabio debía pensar cosas que se contradecían entre sí.
Pues bien, es probable que haya dicho cosas incoherentes sobre fray Guillermo, como para registrar desde el principio la incongruencia de las impresiones que entonces me produjo. Quizá tú, buen lector, puedas descubrir mejor quién fue y qué hizo, reflexionando sobre su comportamiento durante los días que pasamos en la abadía. Tampoco te he prometido una descripción satisfactoria de lo que allí sucedió, sino sólo un registro de hechos (eso sí) asombrosos y terribles.
 
Ultima conversación (Guillermo - Adso)

El Anticristo puede nacer de la misma piedad, del excesivo amor por Dios o por la verdad, así como el hereje nace del santo y el endemoniado del vidente. Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia. Jorge ha realizado una obra diabólica, porque era tal la lujuria con que amaba su verdad, que se atrevió a todo para destruir la mentira. Tenía miedo del segundo libro de Aristóteles, porque tal vez éste enseñase realmente a deformar el rostro de toda verdad, para que no nos convirtiésemos en esclavos de nuestros fantasmas. Quizá la tarea del que ama a los hombres consista en lograr que éstos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a liberarnos de la insana pasión por la verdad.

He llegado hasta Jorge persiguiendo el plan de una mente perversa y razonadora, y no existía plan alguno, o mejor dicho, al propio Jorge se le fue de las manos su plan inicial y después empezó una cadena de causas, de causas concomitantes, y de causas contradictorias entre sí, que procedieron por su cuenta, creando relaciones que ya no dependían de ningún plan. ¿Dónde está mi ciencia? He sido un testarudo, he perseguido un simulacro de orden, cuando debía saber muy bien que no existe orden en el universo.
—Pero, sin embargo, imaginando órdenes falsos habéis encontrado algo...
—Gracias, Adso, has dicho algo muy bello. El orden que imagina nuestra mente es como una red, o una escalera, que se construye para llegar hasta algo. Pero después hay que arrojar la escalera, porque se descubre que, aunque haya servido, carecía de sentido. Er muoz gelíchesame die Leiter abewerfen, so Er an ir ufgestigen ist... ¿Se dice así?
—Así suena en mi lengua. ¿Quién lo ha dicho?
—Un místico de tu tierra. Lo escribió en alguna parte, ya no recuerdo dónde. Y tampoco es necesario que alguien encuentre alguna vez su manuscrito. Las únicas verdades que sirven son instrumentos que luego hay que tirar.
—No podéis reprocharos nada, habéis hecho todo lo que podíais.
—Todo lo que puede hacer un hombre, que no es mucho. Es difícil aceptar la idea de que no puede existir un orden en el universo, porque ofendería la libre voluntad de Dios y su omnipotencia. Así, la libertad de Dios es nuestra condena, o al menos la condena de nuestra soberbia.
Por primera y última vez en mi vida me atreví a extraer una conclusión teológica:
—¿Pero cómo puede existir un ser necesario totalmente penetrado de posibilidad? ¿Qué diferencia hay entonces entre Dios y el caos primigenio? Afirmar la absoluta omnipotencia de Dios y su absoluta disponibilidad respecto de sus propias opciones, ¿no equivale a demostrar que Dios no existe?
Guillermo me miró sin que sus facciones expresaran el más mínimo sentimiento, y dijo:
—¿Cómo podría un sabio seguir comunicando su saber si respondiese afirmativamente a tu pregunta? No entendí el sentido de sus palabras:
—¿Queréis decir —pregunté— que ya no habría saber posible y comunicable si faltase el criterio mismo de verdad, o bien que ya no podríais comunicar lo que sabéis porque los otros no os lo permitirían?


Fin del último fólio (Adso)

Durante el viaje de regreso a Melk pasé muchísimas horas tratando de descifrar aquellos vestigios. A menudo una palabra o una imagen superviviente me permitieron reconocer la obra en cuestión. Cuando, con el tiempo, encontré otras copias de aquellos libros, los estudié con amor, como si el destino me hubiese dejado aquella herencia, como si el hecho de haber localizado la copia destruida hubiese sido un claro signo del cielo cuyo sentido era tolle et lege. Al final de mi paciente reconstrucción, llegué a componer una especie de biblioteca menor, signo de la mayor, que había desaparecido..., una biblioteca hecha de fragmentos, citas, períodos incompletos, muñones de libros.
Cuanto más releo esa lista, más me convenzo de que es producto del azar y no contiene mensaje alguno. Pero esas páginas incompletas me han acompañado durante toda la vida que desde entonces me ha sido dado vivir, las he consultado a menudo como un oráculo, y tengo casi la impresión de que lo que he escrito en estos folios, y que ahora tú, lector desconocido, leerás, no es más que un centón, un carmen figurado, un inmenso acróstico que no dice ni repite otra cosa que lo que aquellos fragmentos me han sugerido, como tampoco sé ya si el que ha hablado hasta ahora he sido yo o, en cambio, han sido ellos los que han hablado por mi boca. Pero en cualquier caso, cuanto más releo la historia que de ello ha resultado, menos sé si ésta contiene o no una trama distinguible de la mera sucesión natural de los acontecimientos y de los momentos que los relacionan entre sí. Y es duro para este viejo monje, ya en el umbral de la muerte, no saber si la letra que ha escrito contiene o no algún sentido oculto, ni si contiene más de uno, o muchos, o ninguno.
Pero quizás esta incapacidad para ver sea producto de la sombra que la gran tiniebla que se aproxima proyecta sobre este mundo ya viejo.
¿Est ubi gloria nunc Babylonia? ¿Dónde están las nieves de antaño? La tierra baila la danza de Macabré; a veces me parece que surcan el Danubio barcas cargadas de locos que se dirigen hacia un lugar sombrío.
Sólo me queda callar. O quam salubre, quam iucundum et suave est sedere in solitudine et tacere et loqui cum Deo! Dentro de poco me reuniré con mi principio, y ya no creo que éste sea el Dios de gloria del que me hablaron los abades de mi orden, ni el de júbilo, como creían los franciscanos de aquella época, y quizá ni siquiera sea el Dios de piedad, Gott ist ein lautes Nichts, ihn rührt kein Nun noch Hier... Me internaré de prisa en ese desierto vastísimo, perfectamente llano e inconmensurable, donde el corazón piadoso sucumbe colmado de beatitud. Me hundiré en la tiniebla divina, en un silencio mudo y en una unión inefable, y en ese hundimiento se perderá toda igualdad y toda desigualdad, y en ese abismo mi espíritu se perderá a sí mismo, y ya no conocerá lo igual ni lo desigual, ni ninguna otra cosa: y se olvidarán todas las diferencias, estaré en el fundamento simple, en el desierto silencioso donde nunca ha existido la diversidad, en la intimidad donde nadie se encuentra en su propio sitio. Caeré en la divinidad silenciosa y deshabitada donde no hay obra ni imagen.



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1 No hay que subestimar la importancia de lo que resulta familiar y entendible, en lo que llamamos “buen gusto”.
2 Lo confirma en una entrevista hecha en 1996 por Theodore Beale, disponible en inglés en http://www.eternalwarriors.com/TB_Eco.html
3 pg 237
4 véase el libro de visitas en www.demartinenchile.com/david
5 cuyo título es Up Here in Heaven, en el álbum This Way Up
6 Leí el libro en una versión elecrtónica, disponible en ftp://libros:libres@ftpmichel.myftp.org/pub/ la página en esa versión es 237.